¿Sientes ansiedad y preocupación en exceso?

¿Te cuesta controlar este estado de constante preocupación?

¿Te sientes impaciente, inquieto, irritable, con dificultad para concentrarte?

¿Te fatigas fácilmente, te sientes tenso?

¿Tienes frecuentes contracturas o dolores musculares?

¿Te resulta difícil conciliar o mantener el sueño?, ¿Te sientes cansado al despertar?

Si has respondido afirmativamente a estas preguntas, merece la pena que consultes a un psicólogo, porque puedes estar  padeciendo un trastorno de ansiedad generalizada (TAG) que es bastante común, pues nada menos que el 6% de la población lo está sufriendo.

Aparece con más frecuencia en mujeres en los inicios de la etapa adulta, pero puede extenderse a otras etapas vitales, y darse en hombres también, incluso en niños.

El diagnóstico es fundamental para ponerte en tratamiento cuanto antes. Veamos en qué consiste:

En el TAG sientes ansiedad y preocupación constante y elevada por prácticamente todo. Tienes la sensación de estar continuamente preocupado, en estado de alerta permanente, es lo que se conoce como anticipación aprensiva: miedo desmedido a que algo salga mal u ocurra algo catastrófico en cualquier área de la vida.

Agotador, ¿verdad? Esta sensación no es puntual o asociada a una racha, pues se alarga en el tiempo considerablemente (6 meses o más en los que la mayoría de los días hay esta aprensión excesiva).

La ansiedad no se ciñe a un solo tipo de sucesos, la puedes experimentar con distintos acontecimientos, actividades o imprevistos de tu vida familiar, laboral o cotidiana. En definitiva, que puedes agobiarte por todo.

Sientes que no puedes detener tus preocupaciones, y que éstas se apoderan de ti la mayor parte del tiempo, incluso cuando estás con gente que quieres o haciendo actividades que te resultan agradables.

Además, puedes haberte notado tres o más de los siguientes síntomas:

    • Inquietud o la sensación de estar con los nervios de punta
    • Fatiga frecuente, sin apenas haber hecho grandes esfuerzos físicos o mentales.
    • Irritabilidad, enfado o  ira con mayor facilidad.
    • Tensión muscular en diferentes zonas corporales.
    • Problemas para dormir tales como mayor dificultad para conciliar el sueño (dándole vueltas a los mismos pensamientos una y otra vez), interrupciones a lo largo de la noche y sensación de cansancio o sueño no reparador a la mañana siguiente

Este trastorno pasa factura. Acaba creándote un malestar más que significativo en tus relaciones sociales, mermando tu calidad de vida.

Los demás se dan cuenta de que estás con gesto de preocupación constante donde ellos no ven peligro o drama alguno. Los otros son también objeto de tus preocupaciones: los suspensos que pueda traer tu hijo, la salud de tus padres, la pérdida de trabajo de tu pareja, los problemas conyugales de tu amigo, etc.

Los contenidos de tus preocupaciones pueden ser muy cotidianos y frecuentes, de modo que estés en permanente alerta, activando tu cuerpo y tu mente de manera desproporcionada por un numeroso abanico de situaciones: no encontrar aparcamiento, llegar tarde a una cita, perder algún objeto sin importancia, encontrar un desperfecto en la casa, cambios de planes en tu agenda, tener más gastos de los que esperabas, tener que hacer una tarea con la que no contabas, etc.

La anticipación negativa  que haces de los acontecimientos alimenta la tensión continua en la que te mueves.

Ejemplos de este tipo serían:

  • Si un familiar tarda más de lo normal en llegar a casa, te pones en lo peor y piensas que le ha ocurrido algo grave o que atenta contra su vida.
  • Si tú o alguien que quieres se detecta alguna molestia física, piensas que seguramente sea una enfermedad grave en estado terminal.
  • Si te hacen una crítica en el trabajo, empiezas a sospechar que están preparando tu despido.

Es decir, que eres víctima de dos tipos de distorsiones del pensamiento:

#1. Sobre-estimación de la probabilidad de que ocurran sucesos negativos.

Es la tendencia a creer que es muy probable, casi con certeza premonitoria, que suceda algo negativo: enfermedad, accidente, pérdidas, etc.

#2. Catastrofismo.

Es la convicción de que de todas las opciones posibles va a darse la peor, la que tiene mayor carga dramática, terrible e irreversible.

Con este patrón de pensamiento, se entiende que tengas que estar preparado para la hecatombe inminente, y que tu mente esté en ¡SOS: atención 24 horas!

Vives en un mundo lleno de amenazas que te sobrepasan, pues no sientes control sobre ellas. Piensas que no dispones de los recursos suficientes para poder afrontar los numerosos obstáculos que se interponen en tu camino.

Es probable que seas excesivamente crítico contigo mismo e hiperresponsable, por lo que además tiendes a sobrecargarte de tareas que podrías delegar en otros, todo lo cual acrecienta el nivel de tensión  que experimentas.

Al final, toda esta ansiedad acaba tomando forma de pequeñas molestias o enfermedades orgánicas que te hacen consultar con frecuencia al médico. Sin embargo, lo más recomendable es que vayas al origen del problema: tu mente.

Si te has sentido identificado con este artículo y eres consciente de que “todo te preocupa y no puedes seguir así”, déjate ayudar, consulta a un psicólogo, pregunta.

Finalizamos con un vídeo que explica de forma resumida lo que es el Trastorno de Ansiedad generalizada:

¿Estás constantemente preocupado?

¿Tienes siempre ansiedad?