Estar a la defensiva es vivir en tensión

¡Cuidado, no te fíes de nadie!

¡Estate atento, o te engañará!

No le quites el ojo a ése, seguro que trae malas intenciones.

Piensa mal y acertarás.

Sólo pensar algunas de estas frases predispone a ver el mundo de una forma negativa, como si el peligro acechará en cualquier esquina, y todos tuviéramos que estar en guardia para no dejarnos pisar, ¿no me digas que no?

Vivir a la defensiva te genera una ansiedad, te lleva a vivir en un estado de alerta, a viajar con un escudo o coraza preparado para la guerra. ¡Qué tensión!.

Hace unas semanas estaba esperando a que me atendieran en una tienda de unos grandes almacenes abarrotados haciendo cola (de esas que hacen historia y doblan por varios ángulos). De repente mi hijo pequeño de 3 años salió corriendo, y lógicamente me fui detrás, avanzando unos cuantos puestos hasta que casi estaba en el mostrador cuando lo alcancé. La señora de al lado me espetó con cara de enfado: “Oye por favor, no te cueles así” Tardé en reaccionar porque seguía pendiente de mi niño, y me debió de salir un “¿qué?”, a lo que la otra me contestó con “¡Y encima se hace la tonta!”.

Me pareció tan absurdo que me salió una sonrisa al tiempo que volvía a mi sitio de la cola con mi hijo. Aquella  señora no admitía muchas explicaciones, así que imagino que mi sonrisa además le parecería una mofa. Ahora pienso en la escena, como si esa mujer hubiera sacado el escudo y la espada para protegerse de una guerra que no existía.

Su actitud de desconfianza ante la vida y los demás le impedía ver nada más. Buscó en la realidad datos que pudieran confirmar y ajustarse a su esquema mental de “la gente se aprovecha y está llena de malas intenciones, ¡cuidado!”

A veces, sólo vemos lo que queremos ver, proyectamos en los demás nuestra idea negativa del mundo como un lugar donde los otros vienen a hacernos daño, y esto nos lleva, irremediablemente, a adoptar una postura defensiva que nos llena de tensión y nos priva de la oportunidad de partir de cero ante los otros.

Hay un cuento que ejemplifica esto a la perfección. Te dejo leyéndolo, y después, lo comentamos, ¿vale?

El paquete de galletas.

Había una vez una señora que debía viajar en tren. Cuando la señora llegó a la estación, le informaron de que su tren se retrasaría aproximadamente una hora. Un poco fastidiada, se compró una revista, un paquete de galletas y una botella de agua. Buscó un banco en el andén central y se sentó, preparada para la espera. Mientras ojeaba la revista, un joven se sentó a su lado y comenzó a leer un diario.

De pronto, sin decir una sola palabra, estiró la mano, tomó el paquete de galletas, lo abrió y comenzó a comer. La señora se molestó un poco; no quería ser grosera pero tampoco hacer como si nada hubiera pasado. Así que, con un gesto exagerado, tomó el paquete, sacó una galleta y se la comió mirando fijamente al joven.

Como respuesta, el joven tomó otra galleta y, mirando a la señora a los ojos y sonriendo, se la llevó a la boca. Ya enojada, ella cogió otra galleta y, con ostensibles señales de fastidio, se la comió mirándolo fijamente.

El diálogo de miradas y sonrisas continuó entre galleta y galleta. La señora estaba cada vez más irritada, y el muchacho cada vez más sonriente. Finalmente, ella se dio cuenta de que sólo quedaba una galleta, y pensó: “No podrá ser tan caradura” mientras miraba alternativamente al joven y al paquete.

Con mucha calma el joven alargó la mano, tomó la galleta y la partió en dos. Con un gesto amable, le ofreció la mitad a su compañera de banco. -¡Gracias! -dijo ella tomando con rudeza el trozo de galleta. -De nada -contestó el joven sonriendo, mientras comía su mitad. Entonces el tren anunció su partida. La señora se levantó furiosa del banco y subió a su vagón.

Desde la ventanilla, vio al muchacho todavía sentado en el andén y pensó: “¡Qué insolente y mal educado! ¡Qué será de nuestro mundo!”

De pronto sintió la boca reseca por el disgusto. Abrió su bolso para sacar la botella de agua y se quedó estupefacta cuando encontró allí su paquete de galletas

Imagino que a esta señora del cuento le habían hecho daño en varias ocasiones, quizá otros se habían aprovechado y ella no había sabido defenderse. Imagino que tenía miedo a vivir de nuevo una injusticia, a sentirse ninguneada o víctima, y con los años se había hecho una fotografía gris del mundo.

En su cabeza era impensable que ese joven no sólo no estuviera aprovechándose, sino que además fuera generoso con ella. Le fue más fácil y rápido optar por la interpretación en la que buscaba malas intenciones que otra explicación más neutra o incluso positiva.

Había salido de casa con la coraza puesta, buscando datos que confirmaran sus creencias pesimistas, e ignorando los que pudieran rebatirlas. Y en esas estaba, que tuvo ante sí un gesto amable y no lo vio hasta que se le hizo evidente que sus gafas de distorsión negativa de la realidad le habían jugado una mala pasada.

Quizá fue necesario que viviera de  nuevo una experiencia positiva para darse la oportunidad de salir más relajada a vivir, y no a combatir.

Cuando te encuentres con aparentes ofensas por parte de los demás, concédete la oportunidad de no sacar la espada, dale una oportunidad también al otro, comienza por buscar otra explicación más neutra o circunstancial que no te lleve necesariamente a “quiere molestarme o herirme”.

Tal vez sencillamente cada uno está mirando la escena desde distintos ángulos.

A continuación un corto del cuento “El paquete de galletas”:

¿Vives a la defensiva con frecuencia?

¿Sientes desconfianza a menudo hacia los demás?

Por | 2017-07-08T15:33:42+00:00 marzo 15th, 2016|Cuentos y frases célebres|Sin comentarios

About the autor:

Licenciada en Psicología por la UAM, Col. Nº M-16099. Experto en Psicoterapia Breve. Máster en Sexología y amplia experiencia como psicóloga y formadora en el área de la psicología de la salud y la educación. Fundadora de Tupsicologia.com, asesoramiento psicológico presencial y on line, un apoyo profesional y cercano

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POR LA AUTORA DE ESTE BLOG

EXPERTA EN TERAPIA PAREJA

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