¿Has de resignarte a ser hipocondriaco y sufrir, o puedes hacer algo al respecto?

Sin duda, apuesto por lo segundo, pero para ello has de ser diagnosticado como tal por un profesional sanitario.

El sufrimiento que genera el hecho de estar continuamente preocupado por la salud y obsesionado con padecer alguna enfermedad grave es tanto o más que si ésta fuera real.

Esto es lo que te sucede si eres hipocondriaco, aunque claro está, lo más normal es que no te designes a ti mismo con tal etiqueta. Tal vez sospeches que puedes serlo, al tiempo que te niegas a asumirlo.

Mis pacientes hipocondriacos han acudido a consulta inicialmente por síntomas de ansiedad y/o depresión, o incluso por otros motivos, pero a los pocos minutos de esa primera sesión, de alguna manera, han dejado traslucir ese temor exagerado a padecer alguna enfermedad.

Un amplio porcentaje de ellos viene derivado por su médico de cabecera. El hipocondriaco manifiesta una gran incomprensión, frustración y agotamiento tras el gran tour de especialistas médicos que han visitado y la ingente cantidad de pruebas médicas, algunas invasivas y con cierto riesgo, a las que se ha sometido en la incesante búsqueda de la “enfermedad perdida y no hallada”.

Impotente, nota cómo sus familiares, médicos y conocidos no le creen, y sólo en ocasiones logra confesar aquello de “bueno, tal vez soy yo, y todo esté en mi cabeza, no sé muy bien qué hacer para acabar con este miedo permanente”

En primer lugar, quiero dejar claro que si eres hipocondriaco ciertamente sufres, tienes dolores y molestias en tu cuerpo reales.  Yo te creo, no lo pongo en duda.

Lo que la psicoterapia te invita es a manejar esas sensaciones corporales de otra manera, especialmente cuando ya has descartado que exista una enfermedad orgánica tras varios exámenes médicos.

Si has llegado al punto de reconocer que tu preocupación a enfermar es excesiva, entonces estarás receptivo a las siguientes recomendaciones para empezar a afrontar la hipocondría:

#1. Stop a tus quejas.

Si te fijas en el tiempo que destinas a manifestar lo que te duele, lo que notas en tu cuerpo, los nuevos síntomas hallados, etc.; te harás cargo del gran papel que adjudicas a la enfermedad en tu día a día.

Si bien es cierto que es bueno exteriorizar el dolor, una vez expresado, volver a quejarse y recrearse repetidamente en el síntoma, retroalimenta el proceso de la preocupación.

Todo síntoma sobre el que pongas tu atención de forma insistente, será amplificado e irá invadiendo el disco duro de tu mente hasta que no haya nada más.

No creas que al quejarte te descargas, la queja frecuente te recarga la preocupación, es contraproducente, elimínala.

Cuando estés a punto de decir eso de “ay me noto esto cada vez más abultado o me duele aquí”, detéctalo, para e imagina que es un pensamiento basura que tienes que tirar a la papelera. Imagina incluso cómo lo tiras.

#2. Busca otras explicaciones menos tremendistas a los síntomas.

Nadie está exento de vivir situaciones complicadas, duras y negativas, pero si saliéramos cada mañana de casa pensando que vamos a vivir una de ellas de manera inminente, nos paralizaríamos de la angustia.

Salimos a la calle porque nos manejamos con la estadística. Observa a tu alrededor. Claro que ocurren cosas tremendas, y otras especialmente maravillosas, pero lo más probable no es que sucedan hecatombes ni descubrimientos revolucionarios cada día, lo más frecuente es movernos entre los grises, entre todas aquellas eventualidades que, en algún grado, pueden solventarse.

#3. Contrasta la realidad con la fantasía.

Te mueves como pez en el agua en el mundo de “¿Y si tuviera esto, y si me pasara aquello? Pero la realidad es que estás bien y no te ha pasado nada. Esta es la cruda y buenísima realidad.

Sé honesto contigo mismo. Revisa tu historia clínica, cuántas visitas médicas has hecho, las pruebas que te han realizado, etc. ¿Qué es lo que te han detectado tan horrible?

Contrasta tu mundo de preocupaciones con la evidencia: estás bien. Contrasta la cantidad de veces que pensabas que tenías una enfermedad gravísima con la ausencia real de ésta.

Aplica la terapia de la vergüenza, la que te hace ver lo absurdo e improductivo de tus conductas de chequeo y control.

#4. Reinterpreta la enfermedad

Nadie quiere estar enfermo, pero una vez que la enfermedad llega tienes dos opciones: huir o atacar de frente. En la hipocondría, o bien estás constantemente huyendo como un fugitivo (nunca vas al médico por si acaso te detectan algo gravísimo), o bien te quedas atrincherado con miles de armas de combate, incluso años antes de que la enfermedad llegue o sin que llegue nunca (no dejas de ir cada día al hospital), ¿no lo ves absurdo desde esta perspectiva?

No se trata de que la enfermedad te resulte deseable, sino de que la veas desde otro prisma, como cuando años después entiendes las regañinas de tus padres y las valoras desde otro ángulo.

¿Y si le dieras la oportunidad a la enfermedad de explicarse? Tal vez cuando llega tiene algo que decirte, tal vez puede ayudarte a realizar cambios en tu vida que retrasabas o evitabas.

Si dejas de considerarla algo terrible, podrás aprender a convivir con ella como un elemento consustancial al hecho de existir, no como una bomba que puede explotar cada segundo en tus manos.

#5. Dimite de tu puesto de investigador de enfermedades en Internet.

Google no tiene la culpa, es el uso o abuso que haces de esas búsquedas, únicamente destinadas a confundirte más y desesperarte. Cuánta más información tengas en la mente sobre síntomas y enfermedades compatibles, más estarás alimentando la hipocondría.

Pongamos un ejemplo: si sé que tengo dificultad para mantener el equilibrio, ¿crees que me ayudaría ir entrenando por el borde de los tejados de un edificio?

Si intuyes que te preocupas en exceso por las enfermedades, póntelo fácil, no te sometas a la búsqueda incesante de detalles pormenorizados de patologías que, además, no sabes interpretar en su contexto.

#6. ¿Qué función tiene la preocupación excesiva a enfermar en tu vida?

Si no estuvieras preocupándote por las enfermedades ¿qué estarías haciendo? Observa si eso que podrías estar viviendo, te da demasiado miedo. Cuestiónate si estás evitando tomar una decisión, si estás intentando tapar con tus preocupaciones alguna asignatura pendiente.

Cuando te haces cargo de la vida que te estás perdiendo por tu miedo a enfermar, éste se va más fácilmente.

#7. Sal de ti mismo.

En la hipocondría hay un exceso de autoobservación “yo me miro, yo me toco, yo siento, a mí me pasa”.

Me apuesto contigo lo que quieras a que si dedicas ahora mismo 1 minuto a auto-observarte detenidamente, alguna ligera molestia, dolor o sensación extraña te encuentras. Claro, se llama conciencia corporal.

No es que los que no son hipocondriacos no la tengan, es que dicho vulgarmente “pasan de ello”, no están tan pendientes.

Sal de la cueva de tus obsesiones y miedos, elévate para tener perspectiva y poder mirar otras cosas que no sean tu ombligo.

Busca actividades que te generen esfuerzo, atención y concentración. Preocúpate por ayudar a alguien que lo necesite. Haz un boceto de un proyecto que te gustaría llevar a cabo en cualquier área de tu vida.

Además de tus sensaciones, hay vida, hay otras vidas.

#8. Libera tensión con la respiración diafragmática.

Dedicar tanto tiempo a auscultarte, diagnosticarte y preocuparte provoca una tensión física y emocional que redunda en las nuevas sensaciones desagradables que puedas sentir.

Reserva unos minutos al día para entrenarte en técnicas de relajación, comienza con la respiración diafragmática o la relajación muscular.  Introdúcelo en tu vida como un hábito más y en pocas semanas notarás un cambio considerable.

Y si sientes que tú solo no puedes hacer el cambio, no te angusties, consulta al psicólogo. Déjate ayudar.

En la psicoterapia puedes encontrar recursos para que disminuya esa angustia y ese miedo a la enfermedad que constantemente tienes.

Es necesario explicar a tu familia, pareja y amigos que lo tuyo no es cuento. Tienes un problema real, lo que sucede es que no se llama “enfermedad X mortal”, se llama hipocondría, y ésta no se combate yendo cada día a urgencias, sino afrontando el miedo.

¿Sabías que la hipocondría tiene tratamiento?

¿Conoces cómo puede ayudarte la psicoterapia a superar la hipocondría?