ARTICULOS
 
 

Decir no sin culpabilidad

A veces, a pesar de querer decir “no”, no nos atrevemos, dejando de ejercer un derecho propio. Si no expresamos nuestro desacuerdo cuando discrepamos en cuestiones importantes, o si hacemos lo que consideramos inapropiado o perjudicial para nuestros intereses, anteponemos las necesidades, opiniones o deseos de los demás a los nuestros. Las consecuencias son: autoestima dañada, transmitir carencia de criterio propio, frustración ante la incapacidad para negarse, caer en el servilismo. Cuando queremos decir “no” y, sin embargo, decimos “sí”, nos devaluamos, ya que, un sí por rutina y costumbre pierde su valor. Si no somos capaces de decir “no”, pensaremos que a los demás les puede ocurrir lo mismo, y cada vez que nos hagan un favor o halago dudaremos de si realmente es sincero.


Algunas personas sufren cada vez que se han de negar a algo, bien sea por miedo al conflicto, a defraudar las expectativas de otros, bien por no saber argumentar su negativa, o por simple pereza y comodidad. Otras por la necesidad de aprobación y agradar. Mantienen la falsa creencia de que defender nuestros derechos y opiniones es ser egoísta, mal amigo o mal educado. Tras esta conducta complaciente se esconde la irracional autoexigencia de que hay que estar disponible “siempre y a todos”, adaptarse a los demás, o nos quedaremos solos. Sin embargo, defender los derechos propios sin vulnerar los de la otra persona, o expresar un punto de vista sin temor a equivocarse, es lo saludable. Es una habilidad social llamada asertividad, que además puede entrenarse y aprenderse en un asesoramiento psicológico.


Un “no” a secas resulta hostil, es bueno ofrecer alternativas, exponer nuestros argumentos con convicción y firmeza, pero sin herir ni menospreciar al otro. Buscar un equilibrio que nos permita ser tolerantes y comprensivos, pero expresando nuestras discrepancias. No se trata de negarse a cualquier favor que nos pidan, sino de poder valorar si va en contra de mis intereses, y poder elegir cuándo, cómo y a quién ayudar. Dar adecuadamente prioridad a nuestras necesidades, opiniones y deseos no es una manifestación de egoísmo, sino de responsabilidad, autoestima y madurez. Decir “no” cuando lo consideramos justo o necesario es la mejor forma de comprobar en qué medida se nos valora y se nos quiere por cómo somos en realidad. Aún así, no podemos gustar a todo el mundo, hay que aceptarlo.


Es más sano desechar falsos asentimientos y condescendencias, y mantener vínculos auténticos, que  no se rompen por una negativa, sino que potencien el diálogo y la tolerancia a las diferencias y desacuerdos.

Más artículos:

 

 

 

 

 

 

COPYRIGHT© 2007 Tupsicologia.com